Foto: Premio Simón Bolívar

Alfredo Molano es, quizá, el periodista colombiano que más ha recorrido, investigado y narrado la Colombia rural. Sus textos, marcados por su formación universitaria en Sociología, son un retrato de la histórica desigualdad campesina, de la lucha por el acceso a la tierra y del conflicto interno colombiano.

El reciente ganador del Premio Simón Bolívar, el máximo galardón periodístico de Colombia, por su vida y obra, ha escrito más de una docena de libros sobre los orígenes de la violencia y el desplazamiento forzado al que han sido sometidos los campesinos. Historias de barbarie y desigualdad por las que grupos paramilitares lo amenazaron hasta sacarlo del país y convertirlo, por casi una década, en un exiliado en España y Estados Unidos.

A propósito del reciente informe de la ONG Oxfam sobre el acceso desigual a la tierra en Latinoamérica, conversamos con Molano para conocer su metodología de trabajo: desde que comienza la recolección de datos en terreno hasta que se sienta a escribir con una maleta de información a cuestas.

Sus respuestas pueden inspirar a aquellos periodistas que quieran contar las realidades rurales de sus países.

FNPI: En las palabras que pronunció al recibir el Premio Simón Bolívar, hace unas semanas, dijo: “no puedo escribir una línea que, de alguna manera, yo no haya vivido”. ¿Qué significa para usted esa vivencia en términos periodísticos?

Alfredo Molano: Prefiero que la primera versión de información sea de primera mano. Es decir, que lo que yo busco me lo dé primero la gente y luego las investigaciones, las crónicas, las noticias. Esos materiales le dan sentido al texto, le dan su tono. Sino los textos quedan fríos. Ahora, ¿cuánto de subjetivo hay allí? Muchísimo, claro. No busco exactamente información, busco versiones sobre los hechos. Busco más bien testimonios. No busco datos del problema. Hay una diferencia.

¿Qué es lo primero que le recomienda a un periodista que comienza a investigar historias sobre tierras, despojo y campesinado?

Soy partidario de ir a mirar, de ir a conversar, de ir a sentir. Esa es mi metodología, pongo esa metodología entre comillas. Es mi modo de hacer, mi manera de entender. El primer punto para reportear una realidad, la campesina, la rural, la agraria, tiene que ser ir a la zona, a los municipios donde se generan los conflictos. Ese ir a mirar, a oír, a conversar, a intercambiar con la gente, con los que están metidos en el problema, me ayuda a entender el problema.

Pero, ¿hace alguna reportería previa? Especialmente, ¿la aconseja para un periodista que apenas se está iniciando en los cubrimientos de tierras?

A uno le aconsejan leer, empaparse de la etnografía, mirar el trabajo que hay, las investigaciones, las estadísticas y luego sí vaya al campo. A mí me pasa todo lo contrario. Voy adonde me llaman o me han contado, o donde he leído que hay un problema.

Luego, con ese material, con las miradas y la sensación que obtuve, leo y tengo elementos para criticar esas investigaciones, esas crónicas, esas noticias. Sobre todo esa imagen oficial que se hace de los problemas. Porque esa imagen oficial es poder y la gente apela a ella. En eso no soy confiado. Prefiero ir a mirar, y con lo que siento y oigo puedo leer, críticamente, lo que hay y además puedo iniciar discusiones con un objeto muy claro.

¿Cómo es su aproximación con la gente cuando se encuentra en terreno? Particularmente, cuando va a entrevistar a un campesino o a un defensor de derechos humanos, que suelen ser personas con miedo y desconfianza producto de sus historias de vida.

Llego con alguna información sobre un personaje o dos o tres.  No llego completamente ignorante, sobre todo de las personas. Llego, en general, a buscar una o dos personas.

Antes, cuando no tenía ningún vínculo con nadie, normalmente comenzaba por el cura. Los curas en los pueblos dan una información valiosísima, más que la que puede dar el alcalde que es, naturalmente, una información parcializada. Los curas tienen alguna sensación, alguna percepción sobre los problemas. Yo no diga que uno les crea.

Otros que son importantísimos en los pueblos son los comerciantes. Saben mucho. Y hay otras zonas más complicadas, donde se genera muchísima información, que son los bares, los prostíbulos. La información que se consigue en muchos pueblos sobre los paramilitares y las guerrillas sale de ahí.

Toda esa información es una primera mirada. Una primera mirada muy general, muy horizontal, muy en borrador, donde se comienzan a determinar problemas y personas.

Ahora, para que la persona me dé, me confíe información, yo tengo también que darle la mía. Tengo que hacerle saber qué estoy haciendo allí, en qué estoy, de qué se trata el tema. Y entre más limpia sea esa información que yo doy, más recibo. Allí hay algo que no puede ser escondido, sino que tiene ser que translúcido y limpio.

¿Graba o toma apuntes?

En una época grababa todo, absolutamente todo. Pero aún así confío más en mis notas. La grabación es muy clara por el lenguaje, pero las notas que uno toma, si las transcribe y edita inmediatamente, son mucho más completas porque tienen algo que no tiene la grabación, que es la sensación.

La grabación no transmite la situación sino muy literalmente, en cambio hay algo con la nota. Con la dificultad de la nota, de sus textos al final. Esa nota a usted le da el gesto de la persona, le da el tono. Y allí, con ese tono y con ese gesto usted compone algo más vivo.

¿Cómo hace el balance entre lo que encontró en terreno y las fuentes documentales?

Voy primero, quizá a lo más básico, a los periódicos o a la noticia. Un poco a la reflexión en la prensa, que a veces es muy rica, y a veces me ayuda mucho. Luego están las investigaciones (académicas) que se han hecho y por último a la mirada oficial.

Ya con toda esa acumulación de información que tengo puedo interpretar de una manera más detenida y profunda lo oficial, que son informaciones destinadas a deformar la realidad, casi siempre.

En materia agraria, por ejemplo, siempre hay un esguince, siempre hay una trampa, siempre hay una justificación. Sobre todo, hay un lenguaje oficial que es detestable, que se origina como en Naciones Unidas. Un lenguaje aséptico, un lenguaje neutral, un lenguaje político, un lenguaje muy apático. Es una cosa vistosa.

 A propósito de fuentes documentales, ¿usted suele recurrir a los censos agrarios, cuando investiga historias sobre tierras y despojos?

Muy poco. Son esos gráficos que dicen tanta información, que uno finalmente se queda con nada. Están hechos para no ofender a nadie. Están hechos para encubrir, para decir nada.

Cuando tiene toda la información recopilada y ya es hora de comenzar a escribir, ¿cómo es ese proceso? ¿Cómo organiza y escribe?

Depende. Después de llegar de un sitio, muchas veces leo. En general, escribo ya con lo que he cargado, con lo que tenga en mi cabeza, a lo que le he dado vueltas un día, dos días, una noche, una madrugada. Solo miro los apuntes para alguna cosa específica.

La primera frase es a la que le doy muchas vueltas, hasta que la logro ensartar y ya de allí en adelante el texto sale solo. Es una madeja de hilo que va saliendo.